Archivado en: Mis escritos
Se había marchado, sin más. Desapareció sin decir adiós.
- Me enseñaste a amarte, pero no me enseñaste a olvidarte. Te has llevado mi lujuria enganchada entre tus piernas y nada has dejado. Aún así, yo te espero. Te esperaré como lo hacía cada noche de luna rota, te esperaba ansiosa y con ganas de pertenecerte, de poseer tu alma… y ya ni eso me has dejado.- pensaba aturdida.
Por qué dices que no he dejado ni el alma, por qué dices que me he marchado sin decir adiós. Aquí está mi alma para llevarse tu último suspiro; pero no me ves, no me oyes… ¡Estoy aquí! – pero un alma sin cuerpo no puede tocar un cuerpo que aún conserva el alma. El cuerpo no nota nada, pero el alma recibe un dulce cosquilleo…
- ¿Thomas…? ¿Eres tú?
Soy yo, he venido a llevarte. Ven conmigo, dame tu mano…

